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martes, 26 de abril de 2011

CHERNOBYL: 25 años del comienzo del desastre

Ampliamente pasada la madrugada, el teléfono alertó a Igor Kostin. Un amigo piloto le ofrecía sobrevolar en helicóptero un accidente sucedido a unos 100 kilómetros de Kiev. Cuando alcanzaron el epicentro del desastre, los bomberos ya habían extinguido las llamas, pero el reactor 4 de la central nuclear Lenin, en Chernobyl, guardaba una terrible sorpresa que sólo ellos podían ver. La columna de humo letal, que observaban desde la ventana abierta del helicóptero, tenía su origen en el corium radiactivo del nucleo fundido, que ardía a 2.500º C, entre los escombros. La única fotografía no velada por la radiactividad era la primera del mayor desastre nuclear de la historia.

Imagen: Igor Kostin|Diariocrítico.com

INSERTENTRADA: ¿Cómo comenzar un blog?

Esta maldita pregunta me lleva persiguiendo durante semanas. ¿Con qué puedo iniciar mi andadura por la blogosfera?. Hoy, harto de esperar y dejarme llevar hasta el ostracismo, decido que ya va siendo hora de romper con la indecisión.

Sin hacer mucho ruido en las presentaciones, instantes decisivos que marcan el devenir de una relación, pero demasiado escuetos como para percibir la importancia de los contactos venideros, pongo en marcha este blog tirando de efemérides.


El pasado 11 de marzo, un tsunami devoró la central japonesa de Fukushima, inutilizando sus sistemas de refrigeración y convirtiendo cuatro de los seis reactores de la central en bombas de relojería. Eduard Rodríguez Farré, radiobiólogo del CSID, describía el accidente japonés como un “Chernobyl a cámara lenta”. Sin embargo, a diferencia de Fukushima, el origen del desastre de Chernobyl está en la mano del hombre.

La carrera nuclear entre Estados Unidos y la URSS había acortado peligrosamente el proceso para la activación de la central nuclear ucraniana, que conmemoraba a V.I. Lenin. El reactor 4 se había puesto en marcha el 20 de diciembre de 1983 para inspeccionar el buen funcionamiento de las instalaciones y dos meses antes de lo previsto, en marzo de 1984, , ya estaba a pleno rendimiento y conectado a la red eléctrica comercial, sin haber realizado todas las pruebas pertinentes. Entre los ensayos fundamentales para la puesta a punto del reactor RBMK 1000 se encontraba la prueba que comenzó en la madrugada del 25 al 26 de abril de 1986, la que desató la catástrofe. Todavía no se sabe a ciencia cierta si se había realizado con anterioridad el ensayo.

Cerca de la medianoche que daba comienzo al 26 de abril, se inició la bajada de tensión del reactor, con el objetivo de comprobar la capacidad de refrigeración auxiliar. De manera temeraria, se deshabilitó el sistema de seguridad automático y se dejaron únicamente 8 barras de control, cuando son necesarias un mínimo de 30 para poder estabilizar el reactor. Por si fuera poco, había un exceso de gas xenon, que lo hacía más inestable.

La potencia, cuyo mínimo de seguridad debe estar en los 700 megavatios, se había llegado a desplomar hasta los 30, y cuando comenzó la prueba, a la 1:23 horas, estaba en 200. El agua que refrigeraba el reactor estaba hirviendo debido a la energía que desprendía la reacción incontrolada. En esos momentos, cuando el vapor radiactivo se salía debido a la presión, se produjo la primera explosión.

El núcleo comenzaba a fundirse y las barras de control no podían estabilizarlo. La potencia del reactor se disparó y el hidrógeno producido reventó. Una segunda explosión que destrozó el edificio del reactor, provocando las dos primeras muertes, y que, según el experto Zhores Medvedv, seguramente no habría contenido ninguna vasija (El reactor RBMK-1000 de Chernobyl no tenía).

Esa misma noche comenzaría una batalla para apagar el incendio que expulsaba humo radiactivo a la atmósfera, y para calmar los restos de grafito y uranio a 2.500º C que había repartidos por los escombros.

Los primeros héroes de esta batalla fueron los bomberos que, sin conocer los niveles de radiación a los que se estaban exponiendo, impidieron que las llamas llegasen al reactor número 3. Poco después del amanecer, cuando el fuego estaba extinto (No así el corium o lava radiactiva, que seguía al rojo vivo) el periodista Igor Kostin sobrevoló la central, comprobando la dantesca panorámica y capturando la primera imagen de la destrucción, que no sería publicada hasta el 5 de mayo.

A tres kilómetros de la central V. I. Lenin, los habitantes de Pripyat se levantaban ajenos al peligro que les esperaba en la calle. Esta próspera ciudad fue creada para alojar a los trabajadores de las instalaciones nucleares y esperaba, con ilusión, la inauguración del nuevo parque de atracciones, el 1 de mayo.

Los habitantes, que estuvieron durante días exponiéndose a cantidades altísimas de radiación, sólo percibían la anormalidad de la situación por un excesivo número de militares que no soltaban prenda de lo que había pasado. Ni siquiera Míjail Gorvachov conocía la situación real de la central.

Mientras se ocultaban las dimensiones del accidente, cuyas consecuencias no conocían ni los más informados, comenzaba la segunda batalla contra la central, la de los liquidadores. Primero, desde el aire, helicópteros militares lanzaron hasta 5.000 toneladas de boro, plomo, arena y otros materiales para enfriar la lava radiactiva y disminuir la radiación.

La altura desde la que lanzaban los materiales al reactor destrozado no les libraba de recibir una gran cantidad de radiación. Sobrevolar la central durante media hora suponía la muerte. Sin embargo, más crítica era la situación de quienes, con trajes de plomo de 30 kilogramos y las manos desnudas, lanzaban fragmentos de grafito al cráter del reactor y paleaban diversos escombros. Durante varios meses, 7.000 personas barrieron de material radiactivo los alrededores del reactor en turnos de 30 segundos, con la esperanza de no recibir una dosis letal de radiación.

Además del peligro ambiental, otro riesgo se escondía en el subsuelo. El corium estaba fundiendo el piso del reactor y se acercaba peligrosamente a unos depósitos de agua que había debajo, abastecidos en parte por el agua utilizada para apagar el incendio. Si el material llegaba a las piscinas, una explosión habría desolado media Europa, por lo que se trasladó a trabajadores de una mina cercana a la central para que hiciesen un túnel que se llenó de hormigón.

El hermetismo de la URSS hizo que la catástrofe no se plasmara en los diarios internacionales hasta el día 29. Poco después de la explosión, un radar sueco detectó niveles anormales de radiación, provocados por la nube radiactiva que se extendía. La URSS, sin embargo, esperó a que un satélite estadounidense filmase la central de Chernobyl para aceptar que había ocurrido un accidente de tal magnitud.
Los 50.000 habitantes de Pripyat fueron desalojados, sin saber aún la magnitud de lo que estaba pasando, el día 27 de abril. Un convoy de autobuses les esperaba para que cogiesen enseres ‘para dos o tres días’. En total, 135.000 personas abandonaron sus hogares, que se encontraban en lo que todavía hoy se conoce como zona de exclusión, fuertemente controlada.

Pese al desastre, los festejos del 1 de mayo en la ciudad de Kiev se celebraron con absoluta normalidad. Y quienes allí se encontraban recibieron índices de radiación muy peligrosos. En total, se calcula que podrían ser 200.000 las víctimas de la radiactividad de Chernobyl. Muchas de ellas, en los primeros días después de la explosión, no recibieron pastillas de yodo, que inhiben la absorción de yodo radiactivo del ambiente y previenen el cáncer de tiroides. Las nuevas generaciones aun sufren los efectos de la radiación, en forma de tumores, desórdenes genéticos, debilidad o malformaciones. La radiación permanecerá miles de años, afectando a generaciones. Pese a que el reactor número 3 descansa en un sarcófago que se está reforzando actualmente, la tragedia de Chernobyl sólo acaba de empezar.